domingo, 30 de marzo de 2008

LAS SALIDAS DE DON QUIJOTE


De las tres salidas de Don Quijote (que son cuatro), las dos primeras son las más auténticas del relato. Se dice que hubo cierto hidalgo en un lugar de la Mancha, Quesada o Quijada, que frisaba los cincuenta años, lector de novelas de caballerías y pastoriles, que debió conocer Cervantes en sus andanzas y frecuentar su buena biblioteca. Hombre recio, seco y enjuto, noble, amigo de sus amigos y de la caza. Sintiéndose joven, ilusionado, enamorado, loco, un día de los calurosos de julio, pertrechado con sus armas, caballero en su rocín, al alba, abre la puerta del corral de su casa y sale al campo en busca de su libertad. Y sale con grandísimo contento de ver lo fácil que, a sus años, ha resultado lanzarse a la aventura tantas veces temida. El día va subiendo y, con el día, los muchos pensamientos. Cae en la cuenta de que no ha sido armado caballero y que su actitud puede resultar ilegal, quizá sacrílega. El demonio va poniendo trampas en el camino de todo buen caballero que se dispone arreglar el mundo. Contrito, se promete armarse caballero del primero que encuentre.Ancha es Castilla y más en verano. Rocinante camina a su aire, ajeno a los monólogos y diálogos de su amo y señor. El sol de julio es mal compañero y la cabeza de nuestro aventurero hierve saturada de ensueños. No se ve un alma en el camino. El sol derrite las piedras y las aspas de los gigantes molinos de viento.Hace cien años, queriendo imitar a don Quijote, conmemorando los trescientos años de la novela, hubo autores que se atrevieron a reinventar el Quijote. Don Miguel de Unamuno, alumbrado de ideales, escribió una Vida de Don Quijote y Sancho. Azorín, con ojos mediterráneos, hizo la ruta de los pueblos de Castilla y, en Argamasilla de Alba, creyó reconocer a don Alonso Quijano, el Bueno, «sentado en una recia y oscura mesa de nogal...»Cayendo la tarde, cansados y muertos de hambre, don Quijote y su caballo, descubrieron al trasluz una venta, un castillo, que fue para el hidalgo como si encontrase una estrella...Estrella o mala estrella, en la que un ventero andaluz, de la playa de Sanlúcar, al ver su traza, al ver su rocín y su armamento, dándose cuenta de que el aparecido está loco, decide organizar la diversión de la noche. El ventero, unos arrieros y dos mozas del partido, que iba de paso para Sevilla. Esa cuadrilla es la que elige don Quijote para armarse caballero. Vela sus armas y, arrodillado delante del rufián, en medio de las dos doncellas que se tienen la risa, el ventero comediante, farfullando latines en su libro de asientos de la paja y la cebada, le da sus bendiciones, le golpea el cuello y le da un gentil espaldarazo que a don Quijote le sabe a gloria.«Dios haga a vuestra merced –le dice la Tolosa, ya doña Tolosa– muy venturoso caballero y le dé venturas en lides...»«Y la del alba sería cuando don Quijote salió de la venta (segunda salida a la aventura) tan contento, tan alborozado por verse caballero», más feliz que nunca, a punto de hacer saltar (dice) las cinchas del caballo...Ese día tuvo dos aventuras, la de Andresillo, al que libra en mala hora de la paliza de su amo Juan Haldudo el rico, vecino de Quintanar, que le aumentará la deuda, y la de los mercaderes toledanos que iban a Murcia al mercado de la seda, a los que, pretencioso, don Quijote quiere hagan profesión de fe diciendo «que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso...» Los toledanos lo dejaron tirado en el camino molido a palos, abandonado a la muerte, si no pasara por allí un labrador vecino de don Quijote, Pedro Alonso, que corrió a socorrer al caído, dándose cuenta de que el herido es su vecino. Se lamenta de su situación, lo limpia, lo monta en su cabalgadura más sosegada y, como buen samaritano, lo conduce a su casa, no entrando en el lugar hasta que se hace más noche para evitarle al caballero y a su familia la humillación de su lastimoso estado...Novela rural, muy española, describe en estos primeros capítulos el crudo mapa de una realidad secular, el maltrato al loco, que pinta y describe magistralmente Cervantes, oponiendo a la ruindad rural, como contrapunto, el comportamiento humano del bueno Pedro Alonso, al que llamaremos samaritano.Muchos piensan que estos primeros capítulos del Quijote contienen una novela ejemplar y que, tal vez, fuera esa la primigenia idea de Cervantes, convertida después en la gran novela. Yo me quedo con esta preciosísima novelita del caballero benefactor, la crudeza del campo inmisericorde, y la elegancia espiritual de Pedro Alonso, su vecino.


José Asenjo Sedano

V CENTENARIO DE FRAY LUIS DE GRANADA


Fray Luis de Granada nacía cuando sonaban campanas de luto por la muerte de doña Isabel, la reina católica. Se celebra ahora, por tanto, el quinto centenariodel nacimiento del que fuera uno de los mejores escritores que ha tenido la lengua castellana
Cuando Medina del Campo –26 de noviembre de 1504– se vestía de luto y doblaban sus campanas por la muerte de Isabel, reina de Castilla y de España, nacía en Granada Luis de Sarriá, quien, más adelante, fraile de santo Domingo, pasaría a llamarse Fray Luis de Granada. En la raya del mediodía, escuchando los versos de Fray Antonio de Montesinos, moría la reina más grande de España, Coplas a la Pasión del Señor, escritos expresamente para ella. Noviembre, mes de vientos y fríos inminentes. Luego, el cuerpo de la reina sería llevado en cortejo fúnebre –capellanes, cantores y caballeros– por viejos caminos conocidos: Arévalo, Ávila, Toledo, Jaén..., hasta su reposo en el convento de San Francisco, en Granada, con descanso definitivo en la Capilla Real –1521- junto a don Fernando, su marido, el rey católico.Nacía en Granada Fray Luis de Granada, niño pronto huérfano, pobre acogido a la caridad de los frailes dominicos y a la del conde de Tendilla, alcaide de la Alhambra, entonces fortaleza pétrea y almenada, sin su hermoso bosque, que llegaría después. El niño de la lavandera de los frailes se convertiría en paje de los hijos del marqués de Mondéjar, Capitán General del reino y costa de Granada, creciendo a la clara luz de la ciudad desde sus altos miradores. Abajo, la Granada reconquistada levantando sus iglesias y monasterios, la catedral y sus dos ríos. La Granada del siglo XVI, la de Alonso Cano y san Juan de Dios. La Granada que restañaba heridas.Profesaría en la Orden de Predicadores en 1525. Le sobraba talento al paje de los niños del conde de Tendilla. De 1529 a 1534, estudiaría en el Colegio de San Gregorio, de Valladolid, y sería discípulo de Bartolomé de Carranza, Melchor Cano y Diego de Astudillo. Y aunque estuvo a punto de marchar a Indias, se quedó en Andalucía como vicario del convento cordobés de Escala coeli, después de una intensa formación en Granada, como cuenta Álvaro Huerga en su tratado sobre Fray Luis de Granada. En Córdoba, conocería al padre Juan de Ávila, con quien mantendría, toda su vida, una importante correspondencia epistolar, decisiva en su vocación ascética. Leo en el Epistolario de san Juan de Ávila una primera carta dirigida a un Fray Luis joven, respuesta a dos cartas suyas en las que pide consejo para la vida de predicador que se dispone a comenzar. «Debe, pues, vuestra reverencia, para el oficio a que ha sido llamado, atender mucho que no se amortigüe en el espíritu de hijo para con Dios, Padre común, y el espíritu del Padre para los que Dios le diere por hijos». Hijos no de la carne, sino de un lazo más fuerte, como es la gracia. Y, experimentado, le dice: «A llorar aprenda quien toma oficio de padre...»En el mismo Epistolario, hay otra larga carta que el padre Ávila dirige a un discípulo suyo (han pasado ya los años), en la que le aconseja leer la Vita Christi: «Le aprovechará leer a Fray Luis de Granada, donde trata de la Pasión», obra para leer y meditar. La carta termina con una sabrosa meditación sobre la muerte, momento en el que, como un desgarro, «el ánima se arranca de las carnes».En cartas a sus hijas, Felipe II (que escribió más de seis mil a lo largo de su vida, muchas de ellas en el archivo del palacio Doria-Pamphili, de via del Corso, en Roma) cuenta cómo le encantaba escuchar los sermones en Lisboa de un Fray Luis de Granada ya viejo, casi ciego y desdentado.Hombre de oraciónFray Luis de Granada –conviene recordar– es uno de los más brillantes escritores de la lengua castellana. Para algunos, el mejor de nuestros escritores. «Fray Luis de Granada –escribió Azorín– no escribe; es decir, empapa su subconsciencia de arte, polariza hacia el arte toda su personalidad, no necesita pensar cómo va a escribir. Escribe sin pensar. Su sensibilidad va directa de los nervios a las cuartillas. Por eso no hay en nuestra literatura estilo más vivo, más espontáneo, más vario y más moderno».Leer a Fray Luis de Granada es un verdadero placer. Conservo como oro algunas de sus obras: la Guía de Pecadores (que dedica a la Muy Magnífica Señora doña Elvira de Mendoza, en Montemayor el Nuevo), dos ediciones de la Vita Christi, la traducción del Contemptus mundi, de Kempis, y la Introducción del Símbolo de la Fe, mi preferida literariamente. Son muchas más las que escribió. El granadino fue un escritor prolífico y un altísimo intelectual, que renunció a obispados y prebendas por su trabajo. No fue un místico, aunque sí hombre de oración, y sobre oración escribió obras memorables, conocidas en todo el mundo. Con Erasmo coincidía –como ha escrito Bataillon– en la supremacía de la oración mental. Fue un gran hombre de fe, un gran misionero cuya impronta recayó en figuras como Teresa de Jesús, Juan de la Cruz y el mismo Fray Luis de León, quien, desde la cárcel –se cuenta–, pidió como consuelo a sus soledades su Libro de la Oración y Meditación... Un maestro espiritual.Falleció Fray Luis en Lisboa el 31 de diciembre de 1588, y sus restos descansan en la iglesia de Santo Domingo de aquella ciudad, en rico monumento de mármol blanco y jaspes de diversos colores costeado con limosnas recogidas por el también dominico español de aquel convento Fray Gaspar de Toledo. Su fama es universal. Se merece este recuerdo.


José Asenjo Sedano

jueves, 27 de marzo de 2008

MIS NOVELAS DE ALMERÍA

Además de la novela INDALECIO EL GATO (a la que nos referimos en otro apartado sobre las novelas de la guerra y posguerra), la otra novela sobre Almería de José Asenjo Sedano es
"OESTE", publicada por el Instituto de Estudios Almerienses, año 2003. Se refiere al cine, sus escenarios e imaginarios protagonistas, a la ciudad y sus desiertos, un tiempo grande de rodajes y fantasías, visto con humor.
Sobre OESTE escribió un interesante comentario el escritor Pedro M. Domene (Ideal, Granada).
Entrevistas al autor en el diario EL PAIS, 18.2.2004, LA VOZ DE ALMERIA (10.3.2004).
"La novela se convierte también, en la crónica social de una Almería tan romántica como paupérrima, aunque repleta de ilusiones que muchos de sus habitantes soportaron hasta llegar a nuestros días, cuando sobrepuesta de aquel pasado se abre a la mar y se adorna con las galas de una ciudad muchos más cosmopolita. Por las páginas de OESTE desfilan muchos de los extras del cine cuya inmortalidad quedó patente en las producciones de Leone o de Lean..." (P.M.D.)

MIS NOVELAS DE GRANADA

Dos novelas sobre Granada tiene escritas José Asenjo Sedano:
JOAN DE DIOS (Sobre la vida y muerte del santo de Granada), edición de los libros del Curioso Impertinente, Editorial Don Quijote, Granada, 1998,
Obra que reeditada en 2001 por la Editorial Comares S.L., Granada.


Esta novela histórica fue presentada por D. Antonio Gallego Morell, rector de la Universidad de Granada, en su primera edición, en la Casa de los Pisa de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, con asistencia de todos los miembros de la referida Orden en la ciudad. La segunda edición fue presentada por su autor en la Casa de los Tiros, Granada, 2001.



MEMORIA DE VALERIO, Premio Tiflos de la Fundación ONCE,1998, editada por dicha Fundación, edicion no venal, en 1999. Reditada por Publicaciones Comala, y la Concejalia de Cultura del Excmo. Ayuntamiento de Guadix, 2007. Esta obra fue presentada en Guadix, por don Santiago Pérez, alcalde de la ciudad y el autor de la novela.

miércoles, 26 de marzo de 2008

MIS NOVELAS DE CADIZ


Tres son las novelas que José Asenjo Sedano, como fruto de sus años pasados en aquella ciudad marítima, tiene dedicadas a Cádiz y su mar:

PAPÁ CESAR, EL ÚTIMO NAVIERO (Finalista del Premio Andalucía 1992), publicada por Ediciones Guadalquivir SL, Sevilla, 1992, en la que cuenta la historia de la Casa Giorno de Navegación, una de las más florecientes de la bahía gaditana.

Comentario: José María Barrera, ABC literario, 7 agosto 1992: "La tensión del relato -escribe- queda marcada por esa obsesión meditativa de Quevedo ("el ayer, pasó. El presentees ya otro tiempo"), y por dos símbolos temporales y personales muy claros: el tren de Carlo y la polacra")

Otro comentario se debe al crítico Pedro M.Domene, Ideal, Granada, agosto 1992.

EL AÑO DE LOS TIROS, fue publicada por la Biblioteca General del Sur, Granada, 1990, dirigida por el escritor Francisco Izquierdo.

Comentarios de José Fernández Castro (Ideal, Granada, febrero 1992) y Pedro M.Domene (Ideal, Granada, marzo 1991 (Artes y Letras).

El escritor Antonio Enrique le dedicó un amplio artículo en Europa Sur, mayo 1991.

EL CEMENTERIO INGLÉS ha sido la última novela de José Asenjo dedicada a Cádiz y ha sido publicada por el Instituto de Estudios Almerienses, 2007. (Hay referencia en otro lugar de este blog).

Conviene recordar que, aparte de estas novelas, el autor tiene dedicados varios relatos cortos a Cádiz y su mar, como Trafalgar ( reeditado varias veces), Penélope y el Mar (Granada 1978, Ed.Iliberis, reeditado), Relato azul...

lunes, 24 de marzo de 2008

INDALECIO EL GATO

Relato de la Andalucía contratada y diferente, la de los Campos de Nijar, el que hace José Asenjo Sedano en este libro que cierra su trilogía de guerra y posguerra civil, publicado por la Editorial Argos-Vergara, Barcelona, 1983 y reeditado en en 1995 por el Instituto de Estudios Almerienses, en su colección literaria Alfaix, con un interesante prólogo del catedrático de la Universidad de Almería José R. Valles Calatrava.
Artículos sobre esta novela: "Indalecio el Gato", o el dolor de Andalucía", José Fernández Castro (Ideal, de Granada, 1983), Luis Blanco Vila, "El fabuloso mundo de Asenjo Sedano" (YA, Madrid, 18.6.1983), F.Gil Craviotto, (Papel Literario, Granada, 2002)...

ERAN LOS DIAS LARGOS


Novela publicada por Ediciones Destino S.A., Barcelona, en 1982 y que forma parte de esa trilogía sobre la Guerra civil (y la posguerra) iniciada por el autor con "Conversación sobre la guerra", que obtuvo el Premio Nadal 1977. Es el relato de la vida cotidiana en una ciudad, la ciudad del autor, en los años posteriores a la guerra con todas sus carencias, hambres y temores. Una España negra, casi goyesca, de aquellos años de dolor, espejo de la Andalucía trágica.

INTERESANTE el comentario escrito por María Dolores deAsís, "La posguerra desde los ojos de un niño", publicado en el periódico YA, 27.8.1982, que se incluye en su libro, "Ultima Hora de la Novela en espaaña", EUDEMA, 1990.

domingo, 23 de marzo de 2008

CONVERSACIÓN SOBRE LA GUERRA

Obtuvo esta novela el Premio E.Nadal en 1977 (Ediciones Destino, Barcelona, 1978) y en ella se narra el paisaje de la Guerra Civil española (1936-1939) desde los recuerdos de la infancia de un niño en un pequeño pueblo granadino del bando republicano. El autor cuenta como en 1937, vista la situación bélica, los continuos bombardeos sobre Guadix, su padre decidió alejar de la ciudad a su familia, entonces siete hermanos, entre doce años y meses, el menor. La noche del dia 10 de febrero, con los permisos pertinentes, en una camioneta, junto con otros familiares, partieron hacia Alcudia, a unos seis kilometros, pueblo en un valle frondoso donde pasaron la guerra. Había nieve en el camino y fueron a pernoctar a una casa vacía, sin luz, donde pasarían la noche triste hasta el amanecer que los despertó el paso de los aviones en vuelo hacia Guadix. Varias casas tuvieron que habitar en ese tiempo por las necesidades de la guerra. Contemplaría el paso de las tropas republicanas desde Almería al frente de Granada, unas veces a pie y en la noche, con lluvia o con sol, y otras en largas columnas de camiones, con vítores a los soldados a los que saludaban con el puño en alto. Fruto de esos recuerdos y vivencias, sirvió al autor para fraguar el tinglado de esta novela en la que no pasa nada en apariencia, aquel era un paisaje tranquilo en el que la lucha era solo un rumor de cañones en la sierra y palabras de soldados y evadidos.

Fueron numerosas las referencias y críticas que se hicieron a esta novela que venía a consagrar a José Asenjo Sedano, A. Diaz Rueda, en La Vanguardia (mayo 1978), A. Valencia (Blanco y Negro, abril 1978), J.Manegat (El Noticiero Universal, marzo 1978), Mª Dolores Asís Garrote ( Ya,Madrid, agosto 1982), C. G.Bellver ( Anales de Narrativa Española, University of Nevada, Las Vegas, USA), Francisco Carenas (Cuadernos Americanos, México mayo,junio 1979), Concha Castroviejo (Hoja del Lunes, Madrid), Manuel Cerezales (ABC, Madrid, marzo 1978), Antonio Gallego Morell (Ya, Madrid, marzo 1978), Carlos Murciano (Sin rumor y sin ira, La Estafeta Literaria, Madrid, abril 1978), Antonio Tovar (La Actualidad Española, abril 1978), Margarita Lezcano (tesis doctoral, Florida State University Tallahassee, Madrid, 1992), Celia Munuera (Univsersity of Auckland, New Zelanda), Darío Villanueva (Letras españolas, Castalia, Madrid 1986)... Publicada en tiempos de transición política, muchos esperaban de esta Conversación otra clase de novela, quizá comprometida.No fue nunca el propósito del autor, su compromiso, en todo caso, siempre ha sido con la paz y con su tierra, Andalucía, a la que tiene dedicadas todas sus novelas.



Ediciones de esta novela:



Editorial Destino S.A., Barcelona, 1978 (cuatro ediciones)



Editorial Planeta S.A., Barcelona, 1990



Planeta de Agostini, 1999



Biblioteca AlSur (Prensa Española, ABC, de Sevilla), 2002



En alemán:



Das Haus der Fernández (título),Aufbau-Verlag Berlin und Weimar, 1981







Existe otra traducción al francés.






Esta novela, junto con "Eran los días largos" e "Indalecio, el Gato", forman la trilogía "Novelas sobre la guerra civil", del autor.




sábado, 22 de marzo de 2008

PABLO NERUDA





En Parral –un pueblecillo del corazón de Chile, donde “crecen las viñas y abunda el vino”- nació Pablo Neruda un 12 de julio –invernal- de 1904. Al mes siguiente – “sin saber que la miré con mis ojos” –moriría su madre, Rosa Basoalto, la primera mujer de su vida, de la que sólo supo que escribía versos. Recordará que había un retrato en su casa, en el que aparecía “vestida de negro, delgada y pensativa”. Pronto viajaría a Temuco, en la Chile austral, donde su padre –José del Carmen- era maquinista de un tren lastrero. De Temuco, Neruda recordaría siempre la vida miserable de los trabajadores fronterizos, casi todos emigrantes, los terribles vendavales y las lluvias incruentas que venían de las zonas marítimas. El trabajo de su padre en aquel tren lastrero era estar constantemente cuidando el estado de las vías impidiendo que las lluvias y los huracanes se llevaran los raíles.

“De pronto trepidaron las puertas.
Es mi padre.
Lo rodearon los centuriones del camino:
Ferroviarios envueltos en sus mantas mojadas,
el vapor y la lluvia con ellos revistieron
la casa, el comedor se llenó de relatos
enronquecidos, los vasos se vertieron,
y hasta mí, de los seres, como una separada
barrera, en que vivían los dolores,
llegaron las congojas, las ceñudas
cicatrices, los hombres sin dinero,
la garra mineral de la pobreza”.

En Temuco, a la sombra bravía del volcán Llaima, conoció Neruda a su segunda madre, Trinidad Candía Marverde. “Apenas llegaba mi padre –cuenta- ella se transformaba solo en una sombra suave como todas las mujeres de entonces y de allá”. Tuvo una decisiva influencia en su vida. Temuco, por otro lado, significará la niñez y adolescen-
cia del poeta, sus correrías, los primeros versos, los primeros amores ocultos y desesperados.

“Lo primero que vi fueron árboles, barrancas
decoradas con flores salvajes hermosas,
húmedo territorio, bosques que se incendiaban
y el invierno detrás del mundo, desbordado.”

Pero lo que Neruda quería –en su búsqueda- era ver dónde nacían aquellas nubes y aquellos vientos gigantes. Desde la ventana de su casa, se sentía atraído por aquella fuerza que conmovía el mundo. Una madrugada –en verano- su padre le lleva, con toda su familia, a ver el mar. El tren corría veloz por aquellos campos. “Cruzaba inmensas extensiones deshabitadas sin cultivos –contará- cruzaba los bosques vírgenes, sonaba como un terremoto por túneles y puentes”. Observará que “cada estación tenía un nombre hermoso, casi todos heredados de las antiguas posesiones araucarias”: Labranza, Boroa, Ranquilco, Imperial. Aquí, a la vista del puerto, oiría por primera vez “el trueno marino”. Después, “cuando estuvo por primera vez frente al océano –dirá-quedé sobrecogido. Allí, entre dos grandes cerros (el Huilque y el Maule) se desarrollaba la furia del gran mar. No sólo eran las inmensas olas nevadas que se levantaban a muchos metros sobre nuestras cabezas, sino su estruendo de corazón colosal, la palpitación del universo”. Aquello era Bajo Imperial, un villorrio junto al río, con los tejados de las casas pintados de colorado. Como Temuco, Bajo Imperial es decisivo en la nostalgia del poeta. La selva, las nubes, los prados, los caballos solitarios y colosales. Mirándolos, diría que “así habrían andado los volcanes si pudieran trotar y galopar”.El caballo, con su furia, es la representación animal de aquella naturaleza. También el color de las sierras y los millares de flores silvestres, la flor del corihue “como una gota fresca de sangre”. En ese tiempo conoce a Gabriela Mistral, “una mujer alta, con vestidos muy largos y zapatos de tacón bajo”, a la que él miraba tímidamente.
El 1921, terminados sus estudios en Temuco, su padre decide enviarlo a Santiago a cursar Pedagogía. “Provisto de un baúl de hojalata, con el indispensable traje negro del poeta, delgadísimo y afilado como un cuchillo –cuenta- entré en la tercera clase del tren nocturno que tardaba un día y una noche interminables en llegar a Santiago”. Santiago supuso su encuentro con los poetas, sus primeras amistades y la publicación de “Crepusculario”. Enseguida vendrían los “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, posiblemente uno de los libros más hermosos de la poesía contemporánea.
Cuando le preguntaban a Neruda quienes eran las mujeres de este libro siempre contestaba evasivamente. El las llamaba Marisol y Marisombra. Marisol es Temuco, los primeros años de su vida; Marisombra, es Santiago. Marisol es la propia Naturaleza austral de Temuco. “En torno a mi estoy viendo tu cintura de niebla / y tu silencio acosa mis horas perseguidas, / y eres tú con tus brazos de piedra transparente / donde mis besos anclan y mis húmedas ansias anidan”. Desde la calle Marví (en Santiago) su sensibilidad se inquieta como una llama. Santiago, entonces, era una ciudad de medio millón de habitantes.

“Luego llegué a la capital, vagamente impregnado
de niebla y lluvia. ¿Qué calles eran ésas?
Los trajes de 1921 pululaban
en un olor atroz de gas, café y ladrillos”.

Desde la ventana, contemplando el cielo redondo y estrellado, suspira por aquel lejano mundo suyo, salvaje y vivo, donde la Naturaleza, con sus vientos y con sus nieves, palpita y tiembla. Todos sus recuerdos están asidos a esa contemplación. El Amor – y nadie lo dirá mejor que él – es oceánico.

“De un gran dolor, de arpones erizados
desemboqué en tus aguas, amor mío,
como un caballo que galopa en medio
de la ira y la muerte, y lo recibe
de pronto una manzana matutina,
una cascada de temblor silvestre.
Desde entonces, amor, te conocieron
los páramos que hicieron mi conducta,
el océano oscuro que me sigue
y los castaños del Otoño inmenso”.

El realidad, en los “Veinte poemas” –en estos veinte los de la vida de Neruda- están las memorias del poeta. Todos sus descubrimientos y todas sus nostalgias, están contadas con fervor y hasta con ternura. ¿Es la mujer, la primera sonrisa, los primeros besos, o es la luz cenital, el volcán enloquecido o la lluvia interminable? “El cielo es una red cuajada de peces sombríos”, recordará. Se iba al río Cautin y, escondido en un lanchón, se ponía a soñar con su niñez. Esta será una de las constantes del poeta. Oculto allí, oloroso de río y de fango, repasa los días de vientos (“pasan huyendo los pájaros”), las nubes desoladas (“mis palabras llovieron sobre ti acariciándote”), el mar (“una gaviota de plata se descuelga del ocaso”) y, entonces, al darse cuenta de que todo ese mundo – ese primer amor, ese dulce amor adolescente- ya no existe, se siente perdido y desesperado. “Mi alma no se contenta con haberla perdido”. “Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero, / es tan corto el amor, y es tan largo el olvido”.
A pesar, no puede, no quiere quitar de sus ojos ese lastre del recuerdo. “¡Abandonado!”, grita. “Abandonado como los muelles en el alba. / Sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos”, contempla.
Es importante llegar a las raíces de un poeta para saber de qué cenizas brota la llama. Puede que nunca –con tan pocos años- se haya cantado la Naturaleza y el Amor como lo hizo Pablo Neruda. Para él, ambas cosas significan lo mismo. Con los “Veinte poemas”, posiblemente culmina la primera parte de su vida. En su alma, siempre ese bagaje entre dulce y agrio. Agrias eran las aguas del mar, cuando las escribe. El amor es una boina gris. ¿Por qué gris? ¿Por qué en sus ojos, ese recuerdo gris de las nubes, de la mujer que pasa y de los picos helados? Gris, como la lluvia que azotaba las casas de Temuco. O el chorro de humo de aquel tren lastrero y machacón que barría las tormentas.

“Frente a mi casa el agua austral cavaba
hondas derrotas, ciénagas de arcillas enlutadas,
que en el verano eran atmósfera amarilla
por donde las carretas crujían y lloraban
embarazadas con nueve meses de trigo”.



¿Por qué está en sus ojos, entre la vida y la nostalgia, ese adiós gris y desesperado? No sin dolor se despide Neruda de su adolescencia. “Es la hora de partir, la dura y fría hora / que la noche sujeta a todo horario”. Mirando las aguas, nunca será su vida más río que en ese instante. Un río arrullador y vital, que se abraza a la tierra y la fecunda. “Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos”. También: “Quiero hacer contigo / lo que la primavera hace con los cerezos”.

“Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: La noche está estrellada,
Y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”.
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.”

Cuando en 1924 publica Pablo Neruda sus “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”,Federico García Lorca empezaba a escribir el “Romancero Gitano” y Rafael Alberti, “Marinero en tierra”.
Él, por entonces, entraba a ser hombre.
José ASENJO SEDANO

viernes, 21 de marzo de 2008

EL OVNI


"El OVNI" es un divertimento del autor en torno a la aparición de un extraño objeto volador queda perpleja a toda una ciudad (Guadix, nuevamente), lo que da lugar a una serie de situaciones y aparición de personajes (muchos de ellos reales) que producen, de un lado, cierta hilaridad y, de otro, la visión de un pueblo tranquilo, quizá no tan tranquilo. El autor escribió dos versiones de esta novela, la primera, de redacción más lineal, menos quebrada, permanece inédita y quizá nunca se publique, aunque tenga sus partidarios que la consideran más acertada. Puede ser. El caso es que fue esta, la publicada por la Editorial Destino, Barcelona, 1976, la conocida por el público, edición agotada hace tiempo.

Sobre esta novela han escrito, Carlos Muñiz Romero, (Ideal, de Granada y El Correo de Andalucia, octubre de 1976)

El OVNI, junto con Los Guerreros y Crónica, constituyen una trilogía literaria de Guadix.

CRÓNICA



Esta novela publicada por la Editorial Destino, Barcelona, en 1974, fue una de las finalistas del Premio Nadal 1972. Quizá los comentarios más acertados sobre esta novela se deban al escritor granadino José Corral Maurell, en sus artículos publicados en el "Ideal", de Granada, "Poesia y tragedia de Guadix" y "El tiempo en la última obra de José Asenjo Sedano". Es la ciudad de Guadix, natal del autor, la protagonista de esta crónica de los Vila, familia noble y extravagante. Han escrito sobre esta novela, entre otros, Juan de Dios Ruiz Copete (ABC, de Sevilla, 23.11.1974), Carlos Muñiz Romero, (Ideal, de Granada, 27.10.1974), Eduardo Mendicutti ("La Estafeta Literaria", Madrid, 1.1.1975).



Proximamente esta novela va a ser reeditada, en edición corregida por su autor.

LOS GUERREROS


Esta fue mi primera novela publicada por la Editorial Destino, Barcelona, en 1970, reeditada después, en 1984, por Ediciones Orbis S.A. Fue una novela que tuvo cierto éxito, muy comentada favorablemente, que mereció críticas de Angel Marsá ("El Correo Catalán",25.3.1971), "Novela diáfana, o necesita apoyaturas tremendistas, ni tiempos contrapuestos, ni léxicos brutales ni palabras soeces, ni sucias incitaciones al sexo, ni apreturas tipográficas, para ser una gran novela, una pequeña gran novela, que es el calificativo que mejor le cuadra a su serena y reposada estructura, a su inalterable bien decir, a su narrar equilibrado y coherente, a su porte erguido y cabal". También escribió un artículo "En torno a Los Guerreros", Asenjo Sedano y su épica del fracaso del amor", José Luis Ortiz de Lanzagorta (escritor desaparecido) en "El Correo de Andalucia" (28.5.1971): "Los Guerreros" -dice- nos descubre un buen novelista andaluz que sabe muy bien lo que quiere contar y cómo contarlo. No es poco para el futuro de esta nueva narrativa del Sur, en cauce ya hacia logros importantes." Lo incluye en su obra: "Narrativa andaluza: Doce diálogos de urgencia" (Universidad de Sevilla, 1972). Otros autores le dedicaron comentarios, como Juan Aparicio (en las páginas de los periódicos "Arriba" y "La Vanguardia Española"), José G. Ladrón de Guevara, en "Ideal de Granada" (14.3.19719), Juan de Dios Ruiz Copete, en "ABC", de Sevilla (2.2.1974), José Fernández Castro (Ideal de Granada), Antonio Burgos (entrevista en ABC, de Sevilla (6.6.1971)...Rafael Vázquez Zamora, en la revista "Destino", la calificó de "pequeña obra de arte".

Transcurrido el tiempo, con una veintena de libros publicados, creo que esta novela decidió mi vocación literaria, cuando todo lo que vendría después, era un sueño imposible. Desde entonces (y la novela fue escrita en Cádiz, en 1965) han ocurrido muchas cosas en el mundo y en mi vida.

domingo, 16 de marzo de 2008

DISTINGUIDA SEÑORITA







Una mar. Una luna.
Un vacío sin horas bajo un cielo volado.
Vicente Aleixandre


ALZASTE EL VISILLO y miraste lo que, desde siempre, desde tu infancia, desde que eras una niña, veías todos los días. Esa era tu vida: abrir la ventana y contemplar, como en un cuadro, el paisaje, los árboles frondosos, la misma dulce y verdosa superficie del mar. Alzaste el visillo con un gesto mecánico, sin ver lo que mirabas, como si, al cabo, nada de aquello te importara. Pegaste la nariz al cristal y sentiste su frío como una punzada. Como el beso de alguien que ya no te amase. No tenías ilusión. En realidad (pensaste) esa es una palabra que hace tiempo he borrado de mi vida. Te sentías tan perdida por dentro como por fuera. Te pasaste la mano por el pelo y la dejaste resbalar independiente hasta tu pecho. Miraste el azul. ¿Qué te sorprendió? Miraste el azul, los azules de aquel mar permanente que quedaba al otro lado de tu ventana. Desde niña, desde que tu madre, con el delantal en la mano, arreglándose el pelo, nerviosa, te decía, ¿se ve ya tu padre?, aquella voz se te quedó para siempre en la memoria. Tu padre, cuando volvía de alguno de aquellos largos viajes por el mundo, al llegar a la bahía, se convertía en aquella pitada prolongada y en la mole colosal y magnífica de aquella nave blanca que parecía cansada cuando lentísima navegaba camino del puerto. ¿Se ve?, seguía viva aquella voz a la que tú, jubilosa, contestabas: Si, mamá, si; es papá, es papaíto...
Tienes la voz de ella en la cabeza. ¿Es tu padre? ¿Es tu padre? Y tú volvías la cabeza, las manos y toda tu alma para repetir con gestos más que con palabras, que sí, que aquel hombre maravilloso ya estaba aquí... Entonces, las dos, como niñas, pegabais los ojos y la boca al cristal para ver como en un sueño, la llegada imponente de aquel buque trasatlántico. Toda la casa (¿te das cuenta?) está llena de preguntas como, ¿es papá? ¿es el barco? ¿tarda mucho?...Toda la casa está llena de esos pájaros, de mariposas, de pañuelos de encaje, de mantillas, de manteles bordados en tardes interminables sentada ahí (has mirado) mientras la luz mañana y tarde nace sobre los montes color de nubes y se pone empañada hacia el Oeste.
Al oír la pitada de un buque, uno de esos barcos negro y ocre que permanecen eternos en la bahía, has tenido la misma sensación de entonces y has estado a punto de volver los ojos y decir, sí, si, ya está aquí. Pero es una ilusión, sabes muy bien que ya no vendrá. No vendrá de ninguna parte. Aquello que existió, que fue alguna vez, hace tiempo que se convirtió en nada, en simple recuerdo, en un vacío tremendo y doloroso. Y es que en ese no estar, en ese silencio que no tiene nada que ver con el silencio físico de las cosas que no se escuchan, están varadas esas palabras que guardas en tu mente. Vuelves las cara porque no has captado del todo ese cambio. Hija, no hagas eso. Hija, ¿adónde vas?...
Has vuelto a pasar la mano por tu pelo y te has acongojado sin querer. Pero, ¿por qué te pasa lo que te pasa? Has roto a llorar y has soltado el visillo airada. Te has mirado en el espejo y te has visto vieja. Has dicho de repente: Vieja. Tú que ayer mismo eras una niña. No, mamá, no...,dices tapándote a ti misma. Anulándote con un no interminable y desvalido...
Cuando murió, cuando (antes) te dijo, ven hija mía, ven, acércate, te llegaste llorosa y le dijiste, ay, mamá, ay mamaíta, porque no querías que se te muriese. Te acercaste, te pegaste trémula a su cama y apenas si pudiste prestar atención a las cosas que te dijo. Entontecida, con los dedos entrelazados, mirando las puntas de tus zapatos de paño, lo más que viste fue su frente lívida, blanca como la nieve. Solo decías, sí, mamá, sí mamaíta: te lo prometo, sin saber nada de nada de lo que estabas prometiendo, porque no podías, eras incapaz de seguir una de aquellas palabras, de las cosas que te dijo con aquella voz de hilo debilitada a punto de romperse, que a ti te parecía un susurro, el pábilo de una vela que se apaga y va impregnando la alcoba de ese hedor








angustiado y casi tétrico. Sin poder contener las lágrimas, te pusiste de rodillas en la alfombra, clavaste los codos en la colcha y, con las manos suplicantes, como si la adoraras, juraste que estabas dispuesta a sacrificar tu vida, a hacer lo que te pidiera. Todavía, mirando por la ventana, evocas ese momento triste, la imagen de aquella mujer como una muñeca que era tu madre, sonriéndote, apretando tus manos y diciendo con pena, me muero tranquila. Y ves, cómo no, a tu padre de pie junto al cabecero, mirándote fijo, estrechando ahora, así que ella dijo me muero tranquila, estrechando con ternura sus manos que ya no parecían manos, sino dos hojas blancas y tristes que de repente se secaran. Dijo: No te preocupes... Y a ti, que tenías a tope tu dolor, tuvieron que sacarte de la alcoba como una inválida y, cuando volviste, sobre la colcha y el embozo, vestida con su traje de novia, el mismo traje que algunas tardes por hacerte feliz se lo ponía delante de ti y dando unos pasos, te decía: ¿Te gusta?..., el cuerpo de ella, de mamá. Vestida de novia, sin sonrisa, unidas las manos y los ojos dormidos y tristes. Parece la bella durmiente del bosque, susurraste delante de la puerta contemplando sus zapatos de charol, sus medias de seda y aquellos jazmines que alguien había colocado impregnando el cuarto de un extraño olor perdido. La luz de las velas eran como alas metálicas y vivas. Te acercaste con cuidado y le tiraste un beso. Alguien que te observaba no pudo contener sus lágrimas diciendo, ¡pobre niña huérfana! ¡Ángel mío! Pero tú seguías pendiente, absorta de aquella muñeca de cera, inmóvil, que no salía de su sueño. Te dabas cuenta que ahora estaba lejos de ti. De que os habíais separado para siempre. No comprendías por qué había tenido que marcharse de repente a un lugar lejanísimo y sin retorno. Algún día (tu padre), nosotros iremos a su encuentro. Perpleja, no supiste qué decir. Miraste a uno y a otros con gesto de dolor, mientras, crispando los dedos, decías desolada, ay, mamaíta, ay mamaíta. Y tu padre, sin disimular su pena, te dijo cariñoso, ven conmigo. Y te llevó de la mano a tu cuarto, te hizo sentar en la cama y besándote en la frente, trató de convencerte de que la muerte, ya lo ves, es ley de vida. Dios lo ha querido así. Pero no lo olvides (y te miró serio, como si te marcara) no olvides que tu madre era una santa...
Una santa. Esta palabra (santa) se te quedó fija toda la noche, sentada ahí, en esa butaca (miraste) con las piernas recogidas, donde estuviste repitiendo incansable: Mamá es una santa, mamá es una santa, hasta que con el alba, con el entrar y salir de la gente, con el titilar de las velas, te quedaste dormida.

LE HABÍAS prometido a tu madre que no te casarías nunca. Que no dejarías nunca a tu padre, ese hombre (te señaló con la mirada, como si tus ojos tuvieran manos y dedos) que permanecía mustio, de pie, encogido junto a la cama y que, con una mano sobre la bola dorada del cabecero, movía impotente la cabeza. Y asentiste, dijiste lo prometo, porque te acordaste de cuando las dos, juntas, con la frente en el cristal, os ponías a esperarle, a soñar donde estaría ahora, por qué mares lejanísimos navegaría, en qué puertos maravillosos de América habría recalado...Así, hasta que un día oíais su pitada como una voz y veíais sorprendidas por la ventana aquel buque



gigante iluminado, lujoso, con sus dos grandes chimeneas humeantes. ¡Mamá!¡Mamá!, gritabas dando saltos por la casa y no parabas hasta tomarla de las manos y hacerla bailar. Erais dos novias que esperasen un mismo enamorado. Y no sabíais que hacer contagiadas de la misma inquietud hasta que al fin aparecía en la puerta cargado de cosas exóticas, regalos, una vez hasta de un papagayo, con la sonrisa como un sol, aquel hombre que decía, ¿adónde están mis novias? ¿Dónde están mis dos mujeres?
Tu madre, que hasta entonces había manifestado mucho valor, perdía las fuerzas y se refugiaba en ese sillón (miraste) y, emocionada, se cubría los ojos llorando. El corazón se le convertía en una caja de música. Ves las manos que cubren su rostro, incapaz de resistir la alegría de la llegada. Y no valía que tu padre, cariñoso, le dijese, mujer, ¿ a qué vienen esas lágrimas? No valía la pena porque, entonces, era peor y no había manera de detener su llanto. Tú, en tanto, en medio de los dos, no decías una palabra. Sabías que ese llanto era de felicidad. Lloraba y reía al mismo tiempo repitiendo que tonta soy, que tonta soy..., avergonzada de que tu padre la viese en lágrimas. Corría a esconderse como una niña.
Por eso, cuando estaba para morir, lo que ella te pedía es que tú no faltases a esa cita, nada tenía que cambiar en aquella casa.
La luz venía flaca por la ventana. La niebla se había hecho densa y parecía querer ocultar la mancha del mar. Solos, como fantasmas, se veían los magnolios del paseo y las farolas verdes, tristonas, sumidas en el sopor, alumbrando la baranda. No se oía nada, solo ese paso de la sangre por las venas. Fuiste hasta el espejo y trataste de reconocer, como en una fotografía, ese parecido extraño, esa imagen que tenías de tu madre. El mismo pelo. Esos ojos todavía vivos, llenos de apetencias, registras a veces tu cuerpo sorprendida de que con el paso del tiempo, tu vida se haya convertido en la espera de otra. En un sin sentido. Mecánicamente levantaste la mano tan parecida a la suya y contemplaste ese paisaje para siempre tuyo. Se te secó la garganta, tosiste y bajaste la mano a su boca, a tus labios que rozaste como un ala. Es un sin sentido, repetiste. Era esa evocación la causa de tu dejadez, esa apatía, ese no querer nada de nada y te pasabas la vida encerrada, sin ver ni ser vista, limitándote a levantar el visillo para descubrir a la gente como a través del ojo de una cerradura, esa gente que nada tiene que ver contigo, de la que no formas parte, porque las paredes de esta casa (de papel tela floreada), la casa en que naciste, te ha separado del mundo. Dios mío...
Te quejaste volviendo los puños de tus manos a la boca y quedándote ahí, detenida, como detrás de un muro, para impedir que la casa (el mundo que te pertenece) se te caiga encima. Te intriga, cuantas veces, oculta en la cortina, la risa de la gente que ves pasar. Has llegado incluso a abrir la ventana con el solo fin de oír de qué se ríen. Contagiada, sin saber los motivos, histérica, sola, tú misma te has puesto a reír, te has echado en la butaca riendo como una idiota. Incluso has imitado los gestos de esa gente dando pasos por la sala y haciendo aspavientos con los brazos. Ridícula, te pones a llorar sin consuelo.

¿POR QUÉ NO SALE alguna vez a darse una vuelta? Tienes la voz de doña Esther pegada en la oreja. Se ha detenido en el descansillo y te mira con lástima. ¿Yo? Te sorprende que te haga esa pregunta. Te llevas las manos al pecho desconcertada. Si, mujer, usted...Tiene que salir...No es bueno que se pase la vida encerrada como una monja. La dejas con la palabra en la boca y no te atreves a contestarle. Bajas la cabeza, te horroriza una proposición tan inaudita para ti. Entras en tu casa, cierras la puerta y te sientas en la misma butaca en la que ella se sentaba cuando esperaba a tu padre. Encoges las piernas y manoseas esa invitación tan atrevida. Lo que doña Esther me ha insinuado, es por qué no salgo a divertirme... Qué cosas. Hija mía (oyes la voz de tu madre), una señorita que se precie tiene su puesto en su casa. El buen paño en el arca se guarda. Te molesta que doña Esther ande siempre fisgoneando en tu vida. Yo diría que se hace la encontradiza. Lo que quiere es que la haga pasar a mi casa y conocer nuestra vida. Un día me dijo: Clarita, qué sola vives, seguro que nunca has tenido un novio. Claro, si no sales. Te pusiste como una amapola. Te flaquearon las piernas y no acertabas a poner la llave en la cerradura. Vaya, se ha puesto usted nerviosa, rió como una triunfadora. ¿Yo? No debe ponerse así, usted es una mujer joven y guapa. No tiene ninguna importancia. Pobre niña...
Desde ese día evitas a doña Esther. Es más, no me gusta. Te enfada que se meta en tu vida. Si vuelva a decirme algo, la planto y le digo cuatro cosas. Oiga usted: Yo hago de mi vida lo que me viene en gana. Estás resuelta a decírselo así, en cuanto vuelva a hablarme de novios y de hombres...

EL HOMBRE. Tenías en la cabeza clasificados, desde niña, todos los miedos posibles hacia el hombre. Sólo había uno de fiar en la tierra y ese (no lo olvides) es tu padre. Fuera de él, recuérdalo bien, hija mía, ningún hombre es de fiar. Te engañarán. Te dirán que te quieren. Hasta cosas que te parecerán bonitas. Pero todo será mentira: sólo quieren hacerte daño. Y tú la oías religiosamente y, luego, en la cama, sin dormir, con la luz apagada, repasabas una a una esas lecciones maternas, ese terror hacia el hombre del que huías para no caer en sus redes. Si caes (oía su voz) estarás perdida para siempre.
Por eso huías, huyes. Por eso bajabas, bajas, la cabeza y aligeras el paso si alguno te mira, te dice señorita o te piropea. Porque nunca, nunca, nunca (y ves su rostro) deber fiarte de ellos.
Te sentaste y ni te diste cuenta del tiempo que permaneciste así, perdida en un silencio sin orillas, en el que no te encontrabas. Desde que esa mujer te habló como te habló ( y sabías muy bien que se refería a un hombre concreto, te dijo hola la otra tarde, te sonrió y hasta se te quedó mirando hasta que desapareciste ), el mundo entero se te ha bamboleado y no sabes (por primera vez en tu vida) qué papel es el tuyo, por qué la voz se te quiebra y sientes ganas de llorar. Lo has visto varias veces delante de tu casa, hablar confidencial con doña Esther y hasta observar con disimulo si puede verte en la ventana, detrás del visillo. Sientes sus ojos que parecen descubrir tu vida, traspasar los muros, oír tus quejas. Por eso suspiras a cada instante y repites Dios mío y madre mía y te da un miedo horrible salir a la calle y encontrarte con él, como



sale a tu encuentro y te dice hola y te sigue. Hay algo especial en ese hombre, que te sabe a fino. Quizá sea ese tabaco extranjero que fuma tu padre. Notas como pierdes seguridad, que no eres tú cuando te habla y que un simple soplo puede hacerte caer.
¿Qué misterio se esconde detrás de todo esto? ¿Por qué no puedes apartar la mente de ese hombre que se te aparece a cada instante, que no se aparta de tu vida?. Todos los demás hombres de la calle parece como si de repente se hubieran borrado para dejar paso a él. ¿Por qué? El mundo la vida, el mar, la casa, todo, parece haber quedado reducido a ese hombre único que, aunque quieres, no puedes quitártelo de la cabeza.
















Por eso te rodó una lágrima y te encontraste desolada con ese lloro repentino. Te quitaste las lágrimas con el envés de la mano y sentiste como una herida que te quemara la mejilla. Cerraste los ojos y viste a tu madre otra vez en la cama, las manos unidas, pálida, y te repetiste, pobre mamá, pobre mamá...Ella fue siempre tu única, tu verdadera amiga. Tu sola amiga. Al menos, junto a ella, no sentías esa necesidad de alguien. Pero, ahora, ¿ qué me pasa?
Ahora, repetiste. Sabes por qué volviste a ver tu figura en el espejo donde aparecías real, hermosa, con los ojos un poco hinchados y ese gesto que se iba gestando en tu mirada, que parecía de otra persona y te alejaba de ti. Volviste a llorar desconsolada. Sin compostura, como una lela. Te había entrado la manía de llorar por cualquier cosa. No sé por que...
Oíste, como entonces, la pitada de un buque y, por inercia, corriste a la ventana, levantaste el visillo y miraste para verlo entrar gallardo en el puerto lanzando al agua bocanadas de humo espeso. Pegaste el rostro al cristal y lo seguiste feliz, sin atreverte a decir nada. ¡Es papá! Cerraste los ojos, cerraste las manos y saliste corriendo queriendo olvidar tu extraña sensación, ese desgarro de tu corazón herido.

NO SE POR QUÉ me entra este nervioso. Cualquiera cosa me altera los nervios. Te quedas muda, ensimismada, y te preguntas, pero bueno, ¿qué es lo que me pasa?
Una vez pensaste que lo mejor sería cambiar de casa, que todo procedía de esa presencia oculta de tu madre...Pero, ¿adónde podrías irte con tu padre, hombre pegado a su hogar y sus costumbres, la vista permanente del puerto, su vida? Te saber atrapada entre estas paredes llenas de recuerdos, retratos de tu madre, sus abanicos y abalorios, en todo siempre la mano de ella. Y quisieras emprender una nueva vida, tiene necesidad de ser otra, parecerte a las demás...Quizá tenga razón doña Esther, a la que esquivas siempre que puedes. Doña Esther la encontradiza siempre hablándote descaradamente de ese hombre como un centinela delante de casa. ¿Pero es que no te das cuenta? Ese hombre te quiere ...
Pero yo tengo que estar con mamá...Siempre con tu mamaíta, su niña querida, haciéndote cada vez más pequeña sin caer en la cuenta de que el tiempo pasa...Esta inmovilidad tuya te ha convertido en una inválida, incapaz de vivir fuera de estas paredes. Me quisiera morir, irme con mamá...Desaparecer de repente de este mundo que tanto daño me hace. Muriendo (pensabas) todo se habrá terminado, no sufriré tanto como sufro.
Viene como un rugido la pitada de ese buque que no termina de embocar el puerto y permanece en la bocana con su potente maquinaria. Tanto es el sopor y el silencio, se perciben su trepidar, como si el buque quisiera entrar por la ventana. Por fin se pone en marcha, ruge y rompe con sus hélices el remanso herido de las aguas. Todo el mar se revoluciona, hierve, parece un infierno de espuma.
Mil veces muerta, sigues diciendo sin quitar los ojos del barco, palabra que resume tu desamparo.

PERO PAPÁ YA NO NAVEGA, AHORA ES UN CAPITAN JUBILADO, siempre quejándose, porque su vida ha sido siempre el mar, la mar, y desde que murió su mujer, no siente apetencia ninguna. Ya no es aquel navegante que venía siempre a casa cargado de regalos. Tampoco llegan postales de Buenos Aires o Montevideo. Hasta del Japón. Todo eso pasó. Ese mundo se ha convertido en un montón de fotos y postales que guardas como un tesoro en una caja perfumada. Te basta con levantar la tapa, para que todo ese mundo perdido se convierta en un fétido hedor otoñal. Antes te gustaba contemplar esos retratos, leer las postales, que evocaban momentos felices, viajes maravillosos, tierras lejanas. Ahora ya no te interesa nada de eso, sabes que es un mundo muerto para siempre. También para tu padre todo es diferente, se queja de todo, el carácter se le ha vuelto agrio y solo fuma y bebe...Mientras lo contemplas, te sorprende que este hombre fuera capaz de despertar tantos entusiasmos en otro tiempo, que tu madre y tú misma lo aguardaseis con tanta alegría. Ahora, cuando llega de la calle y oyes su llave en la cerradura, te quedas esperando que digas, ¿dónde están mis novias? No dice nada, le oyes toser y entrar con la mirada extraviada dejando en la percha su gorra de visera, diciendo desalentado, Niña, ya estoy aquí...
Aquí. Te encoges de hombros. Aquí. Como si no lo supieras. Haces una mueca, una extraña mueca de fastidio y no contestas. Te limitar a dibujar una sonrisa (una segunda mueca) y a mirarlo mientras cierras la puerta. ¿Qué importa estar aquí o allá? Desde hace años, desde que tu madre cerró los ojos, desde entonces (piensas) la única que siempre está aquí, soy yo. Te fastidia ( y no lo disimulas) el que los demás se apropien ese aquí insoportable. Te metes en la cocina, en tu cuarto, y te pasas el tiempo mascullando palabras que se refieren a tu vida de siempre. ¿Es que mi vida no vale para nada? ¿Merece la pena vivir para esto? Te vas diciendo, mientras contemplas de perfil tu figura reflejada en el cristal de la ventana. Tu padre no dice nada. Lo oyes sentarse, parece mudo mirando el trozo de cielo que se ve por el cierro. Echa de menos la mar...
A veces, en el juego de la tarde, te viene de la calle el grito o el lloro de un niño. Las voces del corro junto a la fuente. Gritos de pájaros. Son como alfileres clavados en tu vientre. En tus pechos que, a solas, contemplas desolada sin poder retener tus ansias frustradas de amor maternal. No eres distinta de las otras.
Cuando murió tu madre, cuando te supiste sola, cuando tu padre (todavía) viajaba en ese barco de la Compañía, te obsesionaste con la idea de concebir un hijo. Hasta oías su llanto cuando te sentías dormida. Te decías: Voy a tener un hijo. Quiero tener un hijo. Estabas segura de que un hijo vendría a salvarte. Dabas la luz y estabas segura de lo que tenía que estar enredado debajo de tu piel como una fruta ahogada. Tu corazón se abría como una ventana. Fue cuando te dio por jugar con las muñecas a las desnudabas y vestías, llenando la casa con tu voz triste y compasiva.
Ahora, mientras das la luz de tu mesita, descubres que el tiempo de las muñecas voló para ti y te sientes perdida, enormemente sola. Apagas la luz y te quedas inmóvil, en la oscuridad de tu vida.

TAMBIEN TU PADRE está cansado de vivir. Desde que dejó la mar, su vida ha cambiado por completo. Muchas veces se va al puerto y se queda absorto delante de los grandes barcos. Ya no hay marinos con los redaños de antes, comenta. Aquellos eran otros tiempos. Le gustaba hablar de capitanes y de pilotos de sus años pasados. Pasar el tiempo con compañeros jubilados como él que, al final, lo traían borracho a casa. Borracho, pero feliz. Ahora, desde la crisis industrial se encuentran inactivas muchas de las instalaciones portuarias. Ya no salen de aquí aquellos petroleros gigantes, orgullo del Astillero. Ni hacen escala muchos de aquellos trasatlánticos que iban a Montevideo o a Buenos Aires. Abre el periódicos y busca enseguida las noticias marítimas. La vida se le ha convertido en una rutina sin sentido. El mantel, los cubiertos, la botella de agua...y vuelta a empezar. Los vasos, la botella, el mantel, el silencio, los cubiertos...La misma monotonía, la misma angustiosa repetición de la nada.
Desde hace tiempo ( tú sentada aquí, él ahí) el silencio es una muralla que se interpone en vuestras vidas. Hace tiempo que se rompió toda comunicación entre vosotros. No tenéis nada que deciros, todo lo tenéis dicho. Tu padre (sonríes con ironía) se olvidó ya de la pobre mamá. Lo piensas como si hablaras con alguien, pese a que su retrato esté en la mesita, mamá ya solo un retrato. Hasta parece como si nunca hubiera existido. La miras con cierto desdén y, cuando estás segura de que nadie te ve, discutes con ella y la culpas de tu soledad y de tus miedos. Tu padre te mira intrigado por encima del periódico pensando que su hija no es ya aquella niña candorosa y humilde de aquellos años. Te estás haciendo vieja. Cuando murió tu madre tenías doce años, ahora pasas de los veinticuatro. De los treinta. No, ya no eres ninguna niña. Te has hecho una mujer y tienes (crees) derecho a vivir como las demás...
No puedo. Siento pena de este hombre, mi padre, un árbol sombrío al que se le caen las hojas. Cuesta trabajo reconocer aquel marino bajo su traje siempre de luto y esos ojos sin luz que se apagan fuera del agua. Últimamente va al oculista, dice que tiene cataratas. Le cuesta trabajo leer, aun cuando lo disimula por vanidad. Tampoco le gusta que yo reciba visitas, que vengan a verme mi antiguas amigas. Es terco y orgulloso, no se resigna a cumplir años. En el fondo (sonríes) le asusta la vejez y le da un miedo espantoso la muerte. Cada vez sale menos, se pasa el día mirando por la ventana la bocana del puerto soñando con sus viejos barcos. Cuando no te siente, te llama nervioso: Clara, ¿dónde estás?
De noche le oyes toser. Sabes que está despierto. Hace tiempo que duerme mal. ¿Qué cosas pasaran por su mente? Veo la raya de luz de su habitación. Creo haberle oído hablar alguna noche como si conversara con alguien. Debe soñar que está en su barco. Por la mañana, mientras desayuna, me habla de sus visitas a Río, a Santos, al Mar de la Plata...Esa evocación le devuelve a sus años buenos, a sus viejas travesías. Recuerda nombres de capitanes, sobordos, maquinistas, simples marineros. Sonríe y hasta se ilumina su rostro hablando de aquellos viajes y aventuras. Adivinas hasta el amor de alguna mujer cuando sonríe pensativo. Debe saborear dulcemente aquellos días. De repente saca las gafas del bolsillo, se siente disgustado y se levanta de la mesa diciendo no sé lo que me pasa. Está anocheciendo. Pero no es verdad, te acercas a la ventana y ves como el sol baña el litoral. Las aguas se han vuelto cárdenas y amarillas. Divisas un barco de casco negro aplastado sobre las aguas, que pasa silencioso junto al faro de las Puercas dejando un largo rastro de humo. Adivinas: Es el “Monforte”, su viejo barco...Si, repetiste, recordando que, entonces, eras la hija del segundo oficial de ese gran buque y que nunca habías hecho un viaje por mar. Te echaste a reír, sin saber el motivo. Papá, ¿has visto? Es tu primer barco...

TU PADRE (esta vez) ha dejado el periódico, ha doblado la servilleta y se ha puesto de repente a hablar de sucesos que, durante años, ha tenido guardados en su memoria. Ni siquiera cuando tu madre vivía se atrevió nunca a contar estas historias de barcos y navegaciones que ahora cuenta a cada momento como si, liberado de algo, regresara a un mundo que de ninguna manera se resigna a perder. Oyes su voz (no habla para ti, sino para él) como el vuelo de un pájaro que se afana incansable en romper obstinado el cristal de la ventana por donde salir. Hasta levantas las manos intentando, ¿qué intentas?, atrapar de una vez ese pájaro angustioso y acabar con ese vuelo tostón e inútil, con ese ronroneo, con esa monotonía de toses y fonemas, de risas y grititos que nada te interesan...En realidad no es un pájaro, ahora te das cuenta, es un moscardón de alas azules y cristalinas. Adviertes que se ha refugiado en esas historias perdidas como en una coraza desde pretende defender su vida palmo a palmo. Quizá por eso, pro primera vez en tu vida, tienes la osadía de interrumpir su relato y gritas ¡basta! Y tu voz (desconocida) estalla como una granada sobre la mesa. Tú misma, cuando te das cuenta de tu ¡basta!, te quedas muda, asustada, tienes la sensación de no haber sido tú, sino alguien que de repente se ha metido dentro de ti. Tu padre, asombrado, te mira estupefacto. Piensa que has debido perder la razón. Algo grave debe ocurrirte y por eso se inquieta y te dice, ¿estás enferma? ¿No te sientes bien? Y tú, como respuesta, arrepentida, asustada, te echas a llorar, te levantas y echas a correr diciendo no me ocurre nada, ay papá, perdóname...

LO QUE NUNCA podrás aceptar es que te tomen por una loca. Que digan que estás chiflada. Te pone mala solo pensarlo. Soy una mujer como las demás. Te lo dices muchas veces enfrente del espejo o mirando la calle por la ventana. Una mujer como todas. Lo único que deseo ( no te atreves a decirlo) es vivir como todo el mundo, tener un marido, unos hijos...Vivir. Te cubres el rostro en lágrimas con las manos. Más cuando ves a tu padre inquieto queriendo saber qué te pasa, qué te ocurre. Está de pie junto a ti, sus ojos cada vez más agua perdida. Tienes la sensación de que te mira y no te ve. Te molesta sentirlo a tu lado, cuando lo único que quieres es estar sola. Por favor, le dices, déjame papá. Quiero quedarme sola. Y él, dolorido, porque no te comprende, porque no entiende por qué quieres estar sola, se contraría. Dice: Bueno, lo que tu quieras. Y oyes sus pasos saliendo de tu alcoba, esos pasos de trapo de sus zapatillas de felpa, despacio, la vista perdida en alguna parte.
Piensas que ha adivinado tu crisis. Tal vez haya caído en la cuenta de que ya no eres una niña. Una inválida que mira con embelesamiento. En cierto modo, está orgulloso de su hija distinta, muy de su casa, más decente que ninguna. ¡Se ve cada cosa!... ¡Lo que yo no habré visto por esos mundos! ¿Me va usted a contar a mí? Lo malo es que te has hecho mayor (bastante mayor) sin que él ( ni tú) os hayáis dado cuenta de nada...Ha pasado el tiempo tan rápido...La verdad es que creciste guapa, hermosa y no se te ocurrió que todo desaparece pronto. Te has dejado desvestir tontamente. Has vivido cohibida, presa de un engaño, torturada por una negación sin sentido. Te angustia pensar que no has vivido tu vida, sino la vida que otros quisieron imponerte. Es por eso por lo que te sientes morir, como si la muerte fuera una liberación, un romper el pasado, un recobrar lo que se perdió. Pero, ¿qué es la muerte? ¿Es acaso la nada? ¿Y es eso lo que quieres? Adivinas que la muerte no es capaz de acallar esa tormenta de tu corazón encendido. No existe la muerte, lo sé, sólo existe la vida de mil maneras. Aunque lo quiera, nunca podré morirme del todo, aniquilarme, porque eso tampoco lo quiero, ¡yo quiero vivir!¡Vivir! No es verdad que exista la muerte, nadie sea capaz de quitarse la vida, la vida no es nuestra. Mi vida no acaba con la muerte. Cierro los ojos y me veo caminando por un túnel infinito sometida a una corriente eléctrica. ¿Qué me espera en el más allá? El contacto de la cama te hace sentir, sin darte cuenta, el contacto de esta vida de acá y sabes que estamos hechos para seguir viviendo aquí. Ese pensamiento te embriaga y te quedas dormida. Es después cuando sientes, en el sueño, cómo tu padre amoroso te acaricia la cabeza, te llama mi niña y te besa en la frente con cariño. Y como una niña te dejas mimar y piensas en tu madre a la que te imaginas contándote los días que faltan para que regrese papá...Ves sus ojos y ves su sonrisa y te sientes dulcemente feliz. Ay, mamá, le dices cogida a sus brazos, cuanto te quiero...
Te entran ganas de llorar. No sabes lo que te pasa.
Alzaste el visillo y te quedaste muda cuando descubriste, otra vez, el rostro de ese hombre que parece ajeno a la calle, que tiene los brazos apoyados al barandal de la bahía y contempla el mar indolente. Lo miraste ansiosa, cuidando de que la sangre no te traicionara, estudiando cada uno de sus gestos, su figura, su estar allí contemplando (simulando, en verdad) el cuadro azul y soleado que te sabes de memoria.
Te habían hablado de él (doña Esther, claro). De su interés por la señorita sola que vive con su papá y que se pasa las horas detrás del visillo contemplando la calle y el mar, imposible mantener ocultos ciertos secretos. Porque termina por saberse y doña Esther bien se encarga de ello. Mientras mira, se hace el cuadro completo de ese hombre misterioso (¿sabes?, marino como tu papá. Cierto que ese hombre, no sabes cómo, ha venido a alterar tu vida. Como si la niña de ayer hubiera dejado de ser la mujer de ahora. Un algo que no sabes, está cambiando tu vida, te salta el fuego a la boca y tiene de continuo ganas de llorar. Sueltas el visillo, no sabes por qué te ha hecho soltarlo de repente y quedarte muda, oculta en la sombra, desaparecer. Sabes bien que la niña que llevas dentro, aquella que dijo, mamita, te lo prometo, ocupa todo tu ser: es como un gigante impiadoso que te impide ser tú misma.
La verdad es que le temes a esa niña (que eres tú con tu lazo en la cabeza, los ojos achinados y esa media lengua cogida entre los dientes).Le temes porque te hace llorar y te grita y te tiene siempre asustada. Es ella la que te coge de las manos, la que se abraza a tus pies y te impide bajar la escalera, abrir la puerta y salir a la calle al encuentro de ese hombre por el que te sientes atraída. Quieres y no puedes: ese es tu drama. Tu tragedia. Deseas echar a correr, abrigarte con sus brazos, besar locamente sus labios y, sin embargo, cada vez que lo piensas, te atemoriza la sola idea y caes, como ahora, sobre esa silla sin dejar de temblar. Exactamente como una niña desvalida.
Levantas el visillo de nuevo y no sabes por qué presientes que ese hombre se llama Abelardo, es de Algeciras y navega en el Montesol.. Se ha vuelto y te sonríe, sabiendo que lo miras. Oyes su respiración. Sus palabras. Y se queda mirándote, la mirada pendiente de tus ojos. Te acongojas y te quedas con las manos en el regazo, que vergüenza, Dios mío, que vergüenza...

FUE ESA TARDE cuando doña Esther llamó en la puerta con sus nudillos y dijo, Vecina, vecina, ¿estás ahí? Le abriste y se te quedó mirando avispada. Sabías que tenía algo que decirte. Dijo: ¿Puedo pasar? La miraste sorprendida temiendo a tu padre. Él se había tendido en la cama (lo hacía siempre después de comer) y estaría dormido seguramente. Le dijiste: Pase. Cerraste la puerta con cuidado y os sentasteis en el sofá. Antes de hablar, doña Esther recorrió el salón con su mirada. Al fin había conseguido lo que tanto deseaba: entrar en aquella casa y ver como vivía la señorita solitaria.
-Usted dirá.
-Perdone, pero hace usted mal con pasarse la vida entre estas paredes. La casa es muy bonita, se ve que su difunta madre tenía buen gusto. (Bajando la voz): Tu no eres una monja. Hay un hombre que está loco por ti.
-¡Quite usted!
Te ruborizaste. Era la primera vez que ese hombre se hacía presente en tu casa. Tenías varias respuestas preparadas para doña Esther, pero no sabías porque ahora ninguna te salía. Dijiste:
-Quite usted, doña Esther, -repetiste.- Yo soy muy feliz como estoy. Además, está mi padre.
-Que sí, hija. Ese hombre (bajando la voz) te quiere con locura. Quiere hablar con contigo.
Te hizo su panegírico. Apenas si entendías las cosas que con tanto calor te decía. Finalmente puso en tus manos un sobre que heló tu alma. Era la primera vez (¡la primera!) que recibías una carta de ese hombre. Frío o fuego: nunca lo has sabido del todo. Más que papel, parecía de piel, su cuerpo vivo lo que aquella mujer puso en tus manos y no sabías por que, aceptaste. Sentiste la sangre subir a tu cara y, como el que hace algo prohibido, te apresuraste a guardar la carta en tu pecho. Una necedad, porque nadie te veía. Doña Esther, con sonrisa de triunfadora, te dio una palmada y hasta te hizo un guiño cómplice. Salió balanceándose, repitiendo frases cariñosas, como esa de tienes que salir más a la calle, haz caso de mi consejo. Y piensa en ese hombre...
Cuando se marchó, corriste a tu alcoba, abriste el sobre y sacaste la carta, contemplando la letra grande, viril, de aquel pretendiente que te llamaba distinguida señorita y te pedía entrevistarse contigo. La leíste varias veces, tu primera carta de amor, y trataste de hacer traducciones múltiples de aquellas palabras escritas para ti, un mensaje íntimo de amor.
-Me quiere ver...
Te dijiste. Tuviste que oír tu voz para creer que todo aquello era verdad, que ese hombre te amaba y todos los días acudía al pie de tu casa con la esperanza de verte salir y hablar...Te asustaba aquella carta, te daba miedo leerla y más que tu padre pudiera descubrirla...
Señorita (decía): Yo quiero hacer míos sus sentimientos. Deseo conocerla y entablar con usted una relación de amistad y amor...Viste de repente el rostro de doña Esther, su imagen dubitativa, hablando en la esquina con ese hombre (que se llamaba efectivamente Abelardo), como si se hubieran conocido de antiguo. Temías la lengua de esa mujer y ahora te arrepentías de haberla dejado poner los pies en tu casa, un recinto sagrado. Esa mujer siempre estaba fisgando tu vida, se hacía la encontradiza en la escalera, te sonreía con sonrisa extraña. Y sin embargo, te dejaste seducir a sus cantos de sirena. ¡No le abriré más la puerta!









PERO HAY ALGO en la carta de ese hombre (no te atreves a decir Abelardo), que te tiene anonadada. Ese hombre parece leer en mi corazón. Por ese te pasas las noches en vela deseando que llegue la mañana y salir al balcón para saber si está allí. ¡Y está! Descubres su espalda mirando la bahía, los codos en el barandal. El mar, los barcos y los pájaros como palomas de papel cayendo en las olas donde se quedan. Procuras no hacer ruido, que tu padre no se despierte, que no sepa que andas como un fantasma por la casa. Pero es inútil, es tampoco duerme y oyes su voz, ¿eres tu? ¡Quien va a ser! Si, soy yo... Y se calla, oyes su tos, nada más... Y vuelves a leer esa carta maldita que te tiene obsesionada, sabiendo que ese hombre espera tu respuesta...

DOS DÍAS DESPUÉS, doña Esther te metió una segunda carta en el bolsillo diciéndote en secreto, ya hablaremos...La viste subir con prisa la escalera cuando vio salir a tu padre y quedarse mirando. ¿Para qué te quería esa mujer?, te preguntó intrigado. Sabías que no le gustaba, que muchas veces había hablado con desdén de ella llamándola celestina y bruja. No me gusta verte con esa mujer...
Leíste con emocionada atención. Volvía a llamarte Distinguida Señorita y te confesaba con anhelo, con impaciencia, como un chiquillo, un amor sin límites. Amor. Otra vez esa palabra como una rosa recién cortada invitándote nadie sabe a qué agradables aventuras. Dios mío... Hasta pasaste tu dedo sobre la palabra para saber qué tacto, que secreto se guardaba dentro. Amor... Te levantaste con cuidado porque, a esa hora, quisiste contemplarte del todo en el espejo, comprobar si era a ti a quien se dirigía esa palabra maravillosa. Te adoraste como una vestal, mientras acariciabas tu rostro adorable de estatua griega. El silencio y tu figura parecían haberse fundido, un aleteo de tu alma como una mariposa. ¡Qué hermosa es la vida!, pensaste pendiente de tu figura. Todavía soy bella, los hombres pueden enamorarse de mi. Tuviste la sensación de que flotabas, sólo oías tu respiración. Nada existía fuera de esa sensación tuya. El cielo, la tierra, todo parecía haberse diluido en el espejo. Te costaba respirar, por ese tuviste que sentarte en el filo de la cama, los pies desnudos sobre la alfombra persa, fría como si estuvieras a la orilla del mar donde hacía tiempo no ibas, desde que mamá...¿Por qué tenía que existir ese muro que separa a mucha gente y nos hace distintos a unos de otros? Desde la ventana, seguías muchas veces a las parejas enamoradas, felices, las manos entrelazadas. Al final, tu corazón temblaba, fascinada por ese mundo de los otros al que tú no tenías acceso y no sabías por qué. Deletreaste Distinguida Señorita. Estaba claro que ese hombre sabía respetarte, sabía que eras la hija única de un capitán de barco, te daba el lugar que te correspondía. Tu corazón era como la máquina de un vapor que navegara al pairo, en lucha con aguas y hélices. Te asustó la carta que tenías en la mano y la soltaste como si quemara sobre la mesa. Pensaste: Ojalá ese hombre nunca se hubiera detenido delante de mi casa. es mejor morirse...
¡Qué silencio! La tarde había ensombrecido la superficie marina. Nada se movía. Te calzaste y saliste al pasillo pendiente de tu padre. Todo seguía intacto, salvo el reloj de pared midiendo el tiempo. Sentiste dentro de ti la decidida decisión de salir a la calle, ver el mundo, abrir la jaula de tu corazón prisionero. Metiste la llave en la cerradura y bajaste despacio la escalera hasta el final y la calle. El sol había dejado un tenue reflejo sobre el agua, una mancha de amarillo sobre el mar. Pero lo más, era ese tibio perfume de las aguas, de la humedad y de las jarcias de los barcos. No supiste, en principio, si dirigirte a la vieja muralla, hacia la Plaza de España o, por el contrario, hacia Candelaria y el Carmen. Hacía años que no habías pasado por aquí. Por eso preferiste esta ruta, más cuando oíste repicar la campana del convento. A esa hora, aparte algún obrero, apenas si se veía a nadie. Te sentías feliz, relajada con la brisa marina. El plomo del mar se iba azulando, alejando brumas que todavía se veían flotando sobre las olas. Un barco gigante se avistó por la raya de poniente. Las gaviotas, a centenares, sobrevolaban graznando la muralla y se arrojaban al agua en disputa de desperdicios arrastrados por la pleamar. Todo esto te hizo recordar tu niñez, aquellos años dulces (¿por qué se irían?) en los que nada serio te preocupaba. Caminabas paladeando sin darte cuenta el distinguida de aquella carta. Muchas veces hablabas con tu madre sobre las cualidades que deben distinguir a una verdadera señorita. Os sentabais en el Paseo discutiendo ese tema. Quizá lo más importante la dulzura, la belleza espiritual, eso es lo que distingue a una verdadera señorita. Todavía en la casa te seguía dando consejos sobre como mirar, andar o escuchar. Pero sobre todo (te recalcaba) una señorita no debe prodigarse en la calle. Debe estar en el lugar que le corresponde. No debe ser moneda que pasa por muchas manos. Tu tienes que ser como el oro, que se guarda en el lugar más seguro de el casa. Sólo aquellos que realmente se interesan por ese rico metal van en su busca y saben valorarlo. Si, mamá, asentías meditando axiomas que luego, tú, a solas, rumiabas para que no se olvidaran. Te detuviste (ya el sol entero por el mar) en la Caleta. Subía dulce la marea, tranquila, lamiendo la roca y los castillos. Te parecía un sueño aquella contemplación. Bajaste a la playa ansiosa de meter los pies en el agua. Hacía años, desde que murió tu mama, que no lo hacías. Te sentiste feliz, dichosa de poder caminar por la arena sintiendo en tus pantorrillas el palmoteo de las olas. Te sentaste en una barca varada sin advertir que las horas pasaban y que el sol se remontaba. Fue entonces cuando, de repente, asomada a la balaustrada, asustada, descubriste el rostro irritado de tu padre que llevaba toda la mañana buscándote. Corriste a su encuentro y se te echó a llorar como un niño, diciendo creí que te habías ahogado. ¡Qué susto más grande!

TE DOLÍA haberle asustado. Mientras regresabais, sentías sus andares que se habían hecho de trapo. Te dabas cuenta de que era un hombre cansado que, de pronto, había envejecido y se sentía más desvalido que tú. Se detenía con frecuencia para quitarse las lágrimas. Sabías que era el miedo a quedarse solo lo que más le aterraba. Se cogía con fuerza a tu brazo. Te atenazaba. Te decía de alguna manera todo aquello que tú te preguntas y él, terco, orgulloso, recuperando su carácter, ahora se atrevía a decirte. En la casa, sin quitarse el pañuelo de los ojos, no cesaba de gemir. ¿Dónde estaba aquel lindo marino que venía de las Américas siempre cantando? Ahora era un hombre desvalido. Teatral, representando su propia comedia, entraba y salía de su alcoba y besaba el retrato de tú mamá que no soltaba de sus manos, reproche que te dirigía porque ella jamás lo hubiera abandonado. Jamás. Con esa actitud lo único que se proponía era recordarte tu promesa de que nunca lo abandonarías, que siempre permanecerías a su lado. Cuando llegó la hora del almuerzo y le dijiste, Vamos, papá, vamos a la mesa y, terco, estallando su furor, dio un puñetazo en la mesa y dando gritos repetía que aquella mujer (la del retrato) nunca lo dejaría por otro (clara alusión a tu pretendiente), esa mujer era una santa, una verdadera santa...Optaste por guardar silencio. Hasta echaste una lágrima. Comprendiste que era mejor no replicar, dejarle llegar hasta el final de aquella representación.
-Si tuviera menos años,-dijo,- pediría otra vez plaza en la Compañía.
Era una amenaza sin sentido. Ni él ni la Compañía existían ya prácticamente. No valió la pena que insistieras.
-Vamos, papá, ahora vamos a comer.
Lleno de dignidad dijo que él el capitán de aquella casa:
- Comeremos cuando yo lo ordene...
-Bien, papá, comeremos cuando tu quieras...
Esa respuesta tuya la entendió como una rendición y trató entonces de tomarse la revancha. Todo lo que está pasando en esta casa (dijo) es cosa de esa bruja del tercero que es una liosa y una celestina. ¿Piensas que no me doy cuenta? ¿Crees que no sé que está tratando de seducirte? Pero ya le he cantado las cuarenta...
Conociste entonces cómo había discutido con doña Esther aquella mañana y sabe Dios que le diría.
-¡Le he prohibido que vuelva a hablar contigo y menos que ponga los pies en esta casa! ¡Esta es una casa decente!
No te quedó otro camino que meterte en tu alcoba y echarte a llorar. De modo que has hablado con doña Esther...De modo que le has prohibido que ponga los pies en esta casa... De modo que me has espantado a ese hombre que está por mis vientos. Ay, Dios mío...A todas tus palabras asentía triunfante tu padre, erguido ahora, dominada la rebelión a bordo, retador...
-¡Si señora! ¡Eso es lo que he hecho!
-¡Ese hombre me quiere más que tú!
Oíste su carcajada. Te miraste en el espejo y te viste vieja, varada para siempre. Tus ojos y tus manos eran ya flores marchitas. No volvió más ese hombre, esperado toda la vida. ¿Y si vuelve? Pero no lo hizo, ni siquiera te dejó una carta. No, te decías buscándolo por la ventana, se ha ido para siempre. Repetías en la memoria aquel distinguida señorita, que voló como un pájaro. Ese hombre no ha querido saber lo mucho que yo le quería...Que lo sigo esperando...Ya ves, todo por culpa de mi padre...
El cristal de la ventana se ha empañado de calima. Todos los colores han desfilado por tu mirada: el violeta, el añil, el negro. Han vuelto los ecos de siempre: el sonar, el ancla, la máquina de vapor, el pitido del buque pintado de sombra. La brisa viene cargada de sueños. Todo parece igual. Te encoges de hombros con ironía. Pensar que todo parece igual...Te levantas de la cama, te acercas a la ventana y levantas el visillo con cuidado. Te ha parecido escuchar...Miras lejos y nada ha cambiado: la noche, la luz indecisa de los barcos, el batir del agua...


JOSE ASENJO SEDANO

LA EXTRAÑA HISTORIA DEL OBISPO DON JACINTO VILA ( APÓCRIFO)



Ya en mi libro Crónica (1), me refería a la extraña historia de las levitaciones del obispo don Jacinto Vila que, por su frecuencia, motivó que el cabildo catedral tomara determinadas medidas para poner fin a aquellas extravagancias que ponían en peligro la estabilidad de la diócesis.
La historia de este suceso lo había recogido de cierto manuscrito que llegó a mi familia en forma de legado y que, como pude comprobar, era un apócrifo de los famosos Vila de Guadix cuyo autor era don Santiago Vila, canónigo insigne de la catedral, hombre pulcro que vestía elegante sotana con botonadura roja y calzaba zapatos con hebilla de plata. Este prócer accitano, teólogo y predicador, dejó al morir una importante biblioteca que, parte fue al seminario diocesano, parte se perdió en un incendio durante la guerra civil. A nosotros, como digo, nos llegó aquel curioso legado que un día encontré en el archivo de mi abuelo, docto en leyes, y de cuya existencia hablé por primera vez en mi citada novela. Entusiasmado, me propuse continuar la historia del canónigo y poner remate a su mamotreto con otros disparates, cosa que no sé si conseguí.
Existe todavía la casa de los Vila (antes palacio de los Fernández de Córdoba, parientes del Gran Capitán) y se pueden ver sus dos torres y su misteriosa heráldica. Le saqué unas fotos que acompañan a este comentario. La casa centenaria está a un paso de la catedral y hoy está incluso restaurada.
Pero lo que quiero recordar es la increíble historia del obispo en unos años de vértigo, de idas y venidas, en los que tantas casas hidalgas de la ciudad fueron abandonadas por sus nobles poseedores, como nos contara don Pedro A. de Alarcón, testigo ocular.
No es que fuera don Jacinto un prelado itinerante. Era más bien un obispo santo, amigo y benefactor de pobres, catequista y predicador de Su Majestad. Sin embargo, como suponía, no encontré su heráldica en la Episcopología de la ciudad, lo que vino a confirmar mi certeza de su carácter apócrifo, que no era noticia nueva como ya se sabía de otros obispos citados por Huberto Hispalense que nomina hasta veintidós después del ínclito san Torcuato, como Atanasio, Emiliano, Sotero Germano, Julio, Félix (que presidió el concilio de Elvira)...y hasta el godo Frodoario, que estuvo en Toledo...Prometo profundizar en este hallazgo, referido a obispos presentados o no consagrados, de los que hay que salvar a don Gaspar de Avalos, arzobispo de Granada que publicó la bula de creación de la Universidad, don fray Antonio de Guevara, autor de “Relox de Príncipes” y otros meritorios prelados que estuvieron en Trento...

La supuesta historia de las levitaciones las conté en mi libro Crónica y se hablaron de ellas durante los años que precedieron a la guerra civil. En el libro cuento como en la navidad de 1894 fue cuando este obispo tuvo su primera levitación que se fueron repitiendo en las mismas fechas durante algunos años con motivo de determinadas fiestas litúrgicas. Decían que al principio se levantaba del suelo como dos palmos y que no había truco en ello, hubo quien pasó bajo sus pies repetidas veces una regla y otros objetos comprobando que don Jacinto efectivamente levitaba.
Las cosas se agravaron cuando aquellas levitaciones, inocentes al principio, se fueron haciendo espectaculares y el obispo se remontaba en medio de un pontifical o durante la predicación de una homilía, con el consiguiente revuelo entre oficiantes y seminaristas que se veían negros para retener al obispo que terminaba por escapar y subirse al coro y más alto. Tantas veces se repitió esta historia que la gente acudía a centenares a misa solo por ver elevarse a su ilustrísima. No quedó otra solución que montar una polea con garrucha para poder bajarle sin peligro. Ni qué decir el bochorno del obispo que no sabía como ocultar su pudor. Un día llegó a levitar en la misma plaza de la catedral y cuando bajó al cabo de una hora, dijo que había oído músicas celestiales.
-¿Y qué se ve desde arriba, señor obispo?,- le preguntaron.
-El mar,- contestó sin titubeos.
-¿El mar?
No era posible que pudiera verse el mar, habida cuenta que la ciudad está metida
en una hoya y cercada por Sierra Nevada..
Ante tan alarmante situación, los peligros para la fe y para la estabilidad de la diócesis que suponían los “hábitos” del prelado, el cabildo, reunido después de coro, tomó el acuerdo de poner fin a las levitaciones que a tantas habladurías se prestaba y tantos curiosos atraía. Jamás se vio a tanta gente en la misa de doce.
-Debemos ponerle plomillos en la ropa interior y en todos los ornamentos,- fue la propuesta del canónigo doctoral que había estudiado a fondo el caso.- Con el peso de los plomos, su ilustrísima no podrá volar. Se quedará sin alas.
La idea tuvo sus detractores pero nada se perdía con ensayarla. Se puso en práctica, se cosieron aquellos lastres en la ropa del prelado y, efectivamente, dejó de volar. El invento funcionó, con el disgusto del comercio que vio como perdía una clientela fácil y continua.
Pero, el 12 de octubre de 1898, festividad de la Virgen del Pilar, que vino en vuelo desde Tierra Santa a Zaragoza, a don Jacinto le volvieron las levitaciones y, esta vez, sin remedio.
Ocurrió que ese día, sus antiguos feligreses de Galera, pueblo de la diócesis, obsequiaron al que en tiempos fuera su cura párroco con una camisa que fuera de un misionero santo, nacido en aquella localidad, que le hicieron ponerse a la fuerza. ¿Quién
había de acordarse ese día de ponerle los dichosos plomillos a una reliquia milagrosa como aquella? El caso fue que, con la fuerza de todas las levitaciones retenidas, don Jacinto, nuestro familiar, ascendió a los cielos de tal manera que pasó la torre de la catedral y se alejó de la ciudad como un cohete. Llevaba ese día su capa con bordados de oro, el báculo y la mitra... A poco solo quedó en el cielo un puntito brillante que todos identificaron con la amatista de su anillo pastoral...
Durante meses se esperó, inútilmente, que el señor obispo regresara y tomara nuevamente posesión de su rebaño. Toda la ciudad aguardó con ansiedad, máxime habiendo dejado, como dejó, la misa de doce sin terminar y otros pormenores sin concluir. No valió que de noche se dejara sonando una de las campanas a fin de llamarlo y, también, para que desde lo alto, pudiera orientarse perfectamente y no fuera a caer en otra jurisdicción. Ni valió, tampoco, disparar bengalas con lucecillas que, al estallar, escribían en el aire: SEÑOR OBISPO, VUELVA ENSEGUIDA. Durante varias noches y, por este procedimiento, se le mandaron a su ilustrísima infinidad de mensajes relativos al gobierno de la diócesis. Pero todo fue en vano. Al cabo, la campana dejó de sonar y, la torre, con sus tejados dorados, se cubrió de nubes...
Esta es la historia increíble del obispo don Jacinto Vila que nos dejó don Santiago y que recogí yo en mi libro citado como su cronista. Muchos le recuerdan todavía y creen reconocer su amatista en el lucero blanco que, caída la tarde, brilla sobre la torre de la catedral. De cualquier modo, a don Jacinto se le hizo un sepulcro en una capilla lateral por si alguna vez decidiera volver y descansar con los suyos...
Jacinto Vila, episcopus guadixensis.


José ASENJO SEDANO.

LUCES DE GRANADA




AMANECE EN LA CIUDAD

“¡Aurora tú, que fuiste como un río, y Dios puso la mano en tu corriente!”, dirá Luis Rosales asomado al alba de tu luz, “que trasmana un rubor silencioso de miligrana”. Se quedará en su puerta con su lanza de oro de dónde pudo nacer su estrella fugitiva. Todo es alba, eco de sonoros recuerdos, páginas voladas, campanas de cristal sobre la ciudad.
“La claridad nacía del fondo de sus calles”, dirá Rafael Guillén, el otro poeta. La ciudad se estremece sobre las puntas de los tilos. Nace como si cada cosa se hiciera de repente y la nube, que pasa, un signo del mar. Nace la ciudad volada de campanas, duelo de aguas y sangres derramadas.
La fuente de los Gigantes, Bibarrambla, veladores de café y tiestos de floristería. Jazmín y clavel. Vuelan palomas mensajeras sobre el tejado del renacido palacio episcopal. Calle de Libreros. Oficios. La Catedral. Alonso Cano. Pie de la Torre. Cárcel Baja. San Jerónimo...
“Llueve, aunque las campanillas más azules pongan su mano abierta en los tejados”, observará Elena Martín Vivaldi contemplando, quizá, esa luz que se cierne, como una sábana, sobre el fulgor de los tejados. Asoman torres, esquinas y veletas. Y esas punta de lanza, álamos de plata. Y otra vez esos campaniles del alba.
La nieve hace crecer, de repente, la espiga. La Sierra es como una siembra de trigo florecido, de harina y pan que se derrama. La vida es un hilo de seda que el gusano se saca de la boca. Rosa y blanco. La nieve que se va, puede ser el origen de todas las cosas. Antes que agua, era ya nieve. Amanece sobre los lirios, sobre las gayombas, sobre la retama que se duele en los barrancos. ¡Qué temblor sobre el cielo estremecido! En las tapias, por los caminos de la Vega (Pulianas, Alfacar), gallos de fuego señorean cantos triunfales. Verde y violeta. Por San Andrés y Corpus Christi rompe la quietud. Como si el tiempo no existiera. Las Pasiegas, Trinidad. Toda Granada se convierte en laurel y roble. Hojas heridas de agua transparente, pizarrosas y lívidas.
En Primavera, las margaritas brotan en los caminos. El campo se enciende de rubores. Manuel de Falla vio la luz cuando se asomó a la ciudad desde su carmen de la Antequeruela Alta. Oyó el rumor del mar en las atarjeas, el pulso oculto de la ciudad, su noche oculta. Desde aquí adivinó las ruinas de Atlántida y El Amor Brujo...
Toda Granada, desde la nieve, corre por su río hacia el mar...La Vega ya es mar cuando amanece. La vida se hace límite de la muerte, raya invisible y dolorosa.
Vienen pájaros nacidos del alba llenando el cielo de vuelos acristalados. Millares. Lo mismo que espigas sacudidas por el viento. El cielo se cubre de alas diminutas, voces pregoneras, yunques gitanos, guitarras. Alhóndiga o calle Las Tablas. “Granada entera despierta sobresaltada”, sorprendería a Azorín abriendo su ventana granadina. La luz mancha de claros la mañana. Raya el viento la soledad del Generalife. Poco a poco el cielo se va tiñendo de un verde suave. Pasa el agua helada y triste por la acequia y el sol sale repartido, pan mensajero de la nieve...




LA ALHAMBRA

En realidad, en invierno, su color es terroso y plomizo, colina roja, temblor de álamos que el viento hace gritar y blandir sus lanzas de pelea y ensueño, recuerdo de moros y batallas.
Por el Darro, la Alhanbra es un gigante sobre el Paseo de los Tristes. La luz fenece y se apagan los gritos de los niños en las placetas. El castillo se precipita, casi amenaza el barranco. ¡Qué extraña sensación de olvido! Las nubes son fantasmas de reyes y príncipes encantados. Miradores festoneados de amarillo, árboles ancianos dolidos de tristura.
Indudablemente la Alhambra es castillo famoso. Desde el pretil de San Nicolás, su estampa ha dado mil vueltas al mundo. Murallas, la Alcazaba y los tres palacios del Mexuar, Comares y Los Leones, además de los jardines del Partal y Generalife.
Se sube a la Alhambra desde Plaza Nueva, cuesta de los Gomérez. Calle de amarillo y pastel, artesanías, hasta la Puerta de las Granadas (Pedro Machuca), que da al bosque encantado. Los árboles suben hasta el cielo y, la luz traspasa el follaje en medio de olas vegetales, plumas y pájaros, para caer sobre el pilar de Carlos V. Por arriba, el agua corre herida, Angel Ganivet, Carmen de los Mártires, San Juan de la Cruz, llama de amor....
La Alcazaba es el viejo castillo militar entre cuyas torres (la del Homenaje, Quebrada, Adarguero, la de las Armas y la Tahona) sobresale la torre más señorial, la de la Vela, alma de la ciudad dormida, balcón al cielo y el caserío. Allá, el Albaicín con sus paredes de cal, cipreses, cármenes y antiguas mezquitas e iglesias: San Bartolomé, San Miguel, Santa Isabel, San José, San Juan de los Reyes...Relumbrón de pajaritas de las nieves aleteando en su red, luz de la colina. La Albaida. El Albaicín desciende entre gritos de niños que juegan en las placetas. Arriba, el Sacromonte, el Camino...
La Rauda es el cementerio real.
Otras torres: Las Damas, la de los Picos, la del Cadí, la Cautiva, la de las Infantas...
Es cierto que la Alambra está encantada. Es obra de moros. Brillan las leyendas y los alfanjes. Los veloces caballos. Los gritos de los muecines tenebrosos. Cantos de odaliscas y sultanas olvidadas.
El Generalife puede ser uno de los jardines más bellos del mundo. Todo aquí se vuelve paisaje. Solaz para esparcimiento de reyes. Cipreses como surtidores, música y poesía. Danza. Hasta el viento ensaya melodías. Paseo de las Adelfas. Patio de la Acequia. Patio de la Sultana, con sus ciprés durmiente.
Y abajo, sobre las aguas y la Vega, la ciudad difuminada entre nieblas, campanarios y colinas, barcos a la deriva, silencios encallados... Allá la Sierra, Veleta y Mulhacén. Grito y llanto de un rey desterrado...




ATARDECER

Al atardecer me voy encendiendo de violeta y, las casas, con sus balcones, sacan a la calle (San Matías, Pavaneras, Molinos, hacia el Realejo) la estampa de una Granada de primeros de siglo XX. Capitanía General. La casa de los Tiros. Palacios perdidos, piedra y ocre. Por arriba se despeña la Antequeruela y asoman cipreses azulados y tristes. Más arriba, los Mártires ( San Juan de la Cruz:” Digo, pues, que para esto no sea y para guardar el espíritu (como he dicho) no hay mejor remedio que padecer y hacer callar los sentidos con uso e inclinación de soledad y olvido de tanta criatura y de todos los acaecimientos, aunque se hunda el mundo”) Y las torres bermejas del Palace, último sol. Allá, por el final de los Molinos, calle adelante, la Sierra aparece lejos, rostro de nieve, espejo de papel satinado envuelto en una marea azul. La Judería. Otra vez las paredes viejas incrustadas en otras paredes, templos de ventanas diminutas sobresaliendo entre arcos y torres musulmanas. San Cecilio. ¡Qué resplandor sobre el Campo del Príncipe! El Cristo de los Favores no se resiste a la pena de Granada y, dolorido, mira la sangre de mirto que le corre por su piel de roca. El sol se enfría y va dorando las ventanas, los tejados, las hojas muertas del naranjo.
Pronto, la ciudad es un vestigio, un helor de pensamientos. La ciudad va ganando llanuras (Paseo de la Bomba). Fortuny. Una Granada romántica, manchada de crepúsculos, que ya no es sol, sino polvo de siglos (con palabras del poeta Manolo Góngora). Casas blancas, un perro ladrador, una anciana de luto, tapias de huertos que ya no existen. Hacia abajo, las dos torres de la Virgen. Los Escolapios, el puente de las Brujas, el Caserío inmenso del Zaidín, la Vega, la Catedral...
Al atardecer, la ciudad se echa a temblar entre veletas. Las calles antiguas se hacen papel viejo, agua helada. Reluce una lámpara y un balcón. Una pared perdida. Una pintada interminable. Se oye una mujer que canta, un niño que llora, una perdiz en su jaula. Un jilguero. Una golondrina rasa la calle. Cuesta del Aire, Cuesta de Santa Catalina, Plegadero Alto, Plegadero Bajo, Cuesta del Realejo, Calle del Niño del Rollo...
Granada se llena de misterio. Se siente como llega la noche teñida de un azul intenso. Es una pulpa de silencio...


¡AY, LA NOCHE!

“¡Con qué trabajo tan grande / deja la luz a Granada!”, suspiraba Mariana Pineda en los versos de Federico. Imagino a Mariana, víspera del frío, contemplando por última vez las torres de la ciudad heridas, como ella, por el resplandor de la nieve. “Se enreda entre los cipreses / o se esconde bajo el agua”. La tarde cayó y el rumor es ala del viento. Porque las nubes se mueven como blondas, encajes granadinos, ese mármol premonitorio de la luna. “La nieve cae de las rocas, pero la del alma queda...” Por la ventana abierta, el verde los álamos se pintan de blanco, oro fundido. La luz se aleja como un llanto. El viento. “¿Se deshelará la nieve / cuando la muerte nos lleva?...”, se pregunta Marianita (se pregunta Federico) contemplando la herida que la luz va dejando en el ocaso. “¿Se deshelará la nieve?”...Sobre el rumor inquieto de los álamos, la noche se acongoja y el agua reluce y baja y se desagua y se desangra...
¡Qué cosa tan rara es morir en Granada! Sentirte ciego y sólo oír las campanas, ese sonido que desciende del agua y pronto te ahoga...
Arriba, con sus torres, la Alhambra encantada parece abrir sus alas y echarse a volar y desaparecer entre nubes de paso. La luz es como un vaso de mariposas que se afanan en apagarse. Un camino de cobre, un desgarro gitano que se queja del olvido de una mujer que no era buena...
En tanto, la ciudad palpita y se estremece. Es la Alhambra la que sueña entre las nubes...


José ASENJO SEDANO